Promesa del alma egregia.

Por Sergio Brandao Cardoso dos Santos.

«La Promesa, conducta del alma egregia que surge con fuerza de cada una de sus palabras».

La verdadera fuerza de la Organización Juvenil Española está en su Promesa. Ella es la clave de su identidad, la que la diferenciará siempre, aun participando del Sistema, de cualquier otra organización juvenil integrada en ese mismo sistema. Los logros materiales de la OJE han sido frecuentemente notables, pero todos ellos, sus actividades, sus instalaciones, sus afiliados y estructuras, todo quedaría desvirtuado, volviéndose ineficaz, si, por desidia, rutina, sumisión o esnobismo deconstructivo, perdiese el contenido de la Promesa su valor de símbolo de un espíritu o se abandonase la esencia de la que brotan sus once compromisos.

 Redactada con prosa afortunada, elegante y sobria, la Promesa se concibió como un sencillo código de conducta para niños y muchachos, por lo que sus autores sabiamente evitaron entrar en mayores profundidades. No obstante, en ella se encuentran, fácilmente entendibles, los suficientes principios, valores y actitudes, que son las tres facetas del estilo.

Tampoco quisieron los padres de la Promesa ser abrumadoramente exhaustivos, seguramente para no desvirtuar lo que se quería que fuese un acervo conceptual asequible y manejable (cabía en el dorso de un carné), pero, a la vez, suficientemente distintivo del singular estilo humano que la Organización Juvenil Española siempre ha tenido la misión de transmitir, por encima de todo, a sus jóvenes afiliados.

Conducta del alma egregia que surge con fuerza de cada una de sus palabras.

Lejos de ser un recetario para buenos chicos, la Promesa es propuesta de una radical forma de vida, que o se acepta o se rehuye. Y consiste en exigencia, lealtad y servicio. El ideal que representa nos trae a la mente la imagen del caballero, poderoso arquetipo del espíritu europeo, que no se resuelve tanto en la bella y romántica imagen del caballero andante a lo Walter Scott como en el tipo humano opuesto a la vida vulgar y patética del hombrecillo que nunca se exige nada y siempre lo exige todo. Es el caballero criatura de selección –en palabras de Ortega que vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Esta es la vida como disciplina, la vida noble (*), cuyo parentesco con la promesa de ser sobrio en el uso de mis derechos y generoso en el cumplimiento de mis deberes no necesita demasiada explicación. Este es el lenguaje de la Promesa de la Organización Juvenil Española. Conducta del alma egregia que surge con fuerza de cada una de sus palabras.

La Promesa arranca con las dos creencias que componen la roca madre que sostiene y configura –o debería hacerlo– toda nuestra estructura mental: (I) Dios Uno y Trino, Padre de los hombres, Todopoderoso y Creador del Universo, sentido último de la existencia y Ley de amor universal; y (II) España, la mejor idea de España, la Patria, nuestra identidad y nuestra tierra, la misión de España, vividas dentro de la necesaria comunidad de los pueblos, como subraya con precavido tino el texto de la Promesa en previsión de autocomplacientes patriotismos de charanga y pandereta, a los que a veces, bajando la guardia, nos entregamos con demasiada alegría y poca cabeza.

Y fluyen entre las líneas de la Promesa, a partir de estas dos grandes columnasDios y España– los más importantes valores del ser humano: la libertad de cada hombre, la justicia por encima de mi libertad, el servicio con alegría y humildad, la hermandad con los camaradas, la lealtad y gratitud a los héroes…, acervo más que suficiente para proponer a los jóvenes afiliados, en el momento en que inician la aventura de su existencia, una vida verdadera, humana.

Es innegable la función orientadora y educativa de esta pequeña joya deóntica que es la Promesa.

Por todo lo dicho es innegable la función orientadora y educativa de esta pequeña joya deóntica que es la Promesa. Y, si la Organización Juvenil Española hace bien su trabajo inculcando en sus afiliados el particular y profundo modo de ser que contienen sus palabras, habrá contribuido eficazmente a poner en pie jóvenes de espíritu noble y superior, alejados, por su propia naturaleza, del gregarismo de una juventud hoy frívolamente adocenada y moralmente abducida por eslóganes viejos de un pseudohumanismo mediocre, sentimental, inmanente y ególatra, aplaudidos como hallazgos definitivos.

Aplausos hueros sin embargo. Nuestro tiempo, que comprende varias generaciones, y tristemente inscrito en lo que a todas luces parece un ciclo largo de decadencia civilizacional (sólo Dios sabe si todavía reversible), tiene su causa radical, aparte los grandes problemas estructurales de nuestra civilización, en la banalización de la vida humana por pérdida y olvido de su verdadero sentido, de su fin último, del modo auténtico de vivirla. Es, más o menos, lo que el sociólogo Zygmunt Bauman ha llamado vida líquida del hombre posmoderno, precisamente por su falta de solidez, su caprichoso cambio constante y su exceso de adaptabilidad. De ahí que el modelo antropológico de nuestro tiempo sea un hombre íntimamente inconsistente, desorientado, sin raíces. Es la consumación del hombre-masa orteguiano: el niño mimado ha crecido y no sabe qué hacer con su vida. Se ha convertido en el penoso e irritante homo festivus, descrito agudamente y sin piedad por el malogrado escritor francés Phillipe Muray.

Este es el producto humano de lo que se suele llamar el Sistema, o sea la sociedad civil y política que, a fuerza de discurrir a nuestro alrededor, nos acaba pareciendo normal y aceptable. Sin embargo, haciendo un esfuerzo crítico de distanciamiento, rápidamente entenderemos que el humano vivir propio del Sistema no lleva en realidad a ninguna parte, no es nada: economicismo, hiperfestivismo, infantilidad, ideología y ausencia de pensamiento, embrutecimiento, consumismo frenético, gratificación moral inmediata (en eso que llaman solidaridad), lealtad condicionada, deshumanización, nada de futuro, sólo presente,… Todo un proyecto de vida. Nihilismo sin paliativos.

Tiempo de enanos. Pero también tiempos de odio, en los que otro producto humano del sistema, un ser semisalvaje, rebosante de ira (tal vez porque la sociedad no le ha concedido todo inmediatamente, o quién sabe si por una autoestima defectuosa), muestra una hostilidad perversa a todo principio que no concuerde con las respuestas-para-todo de su manual de destrucción para, sobre las llamas de lo que quede, levantar una utopía imposible e infantil. Es el llamado pensamiento ideológico, un pensamiento que permite a todo bárbaro vertical de hoy día sentirse espléndido sin especial esfuerzo y creer que tiene opiniones propias… y, naturalmente, la razón.

La Promesa no es ideología porque no impone fórmulas de laboratorio, sólo favorece la reflexión.

Se entiende rápidamente que el espíritu de la Promesa es otra cosa. La Promesa no es ideología porque no impone fórmulas de laboratorio, sólo favorece la reflexión precisamente en virtud de que propone un modo de vida claro y concreto, a partir del cual mirar, pensar, valorar el mundo y, llegado el caso, incluso cambiarlo. Por otra parte, está bien lejos de ser un “manual de vida líquida” ya que propone una vida sólida, con raíces en el suelo y un destino en lo alto, que es precisamente la negación de la precaria e insustancial existencia que hoy se impone.

La Promesa es, ante todo, pura tradición española. A ella pertenece; se entienda esto o no se entienda. Y la tradición en los tiempos de hoy –sugiere el eminente filósofo político Dalmacio Negro– puede y debe funcionar como una poderosa contracultura frente a un mundo decepcionante. La tradición, por otra parte, no es inmovilismo, sino la entrega (traditio) que una generación hace de sus creencias y valores a la generación siguiente para que los transforme con arreglo a su tiempo, sin romper nunca el hilo de unión que mantiene vivo el espíritu histórico, el ethos, de un pueblo, su personalidad, la cual hoy se encuentra bajo grave amenaza de desintegración gracias al adanismo rupturista que exhiben líderes políticos irresponsables e inconsistentes: sectarios los unos, acomplejados y obsequiosos los otros.

 Por todo ello, la tradición, el espíritu del pueblo histórico español, tiene que seguir siendo, hoy más que nunca, la esencia de la Promesa de la Organización Juvenil Española. Además de su indiscutible valor educativo interno, debe hoy la Promesa actuar como instrumento contracultural, como ariete contra usos y costumbres de un tiempo confuso, poblado de estetas “rompedores” de medio pelo, de negadores de España y de eternos agraviados autocompadecidos y gritones, que, seguramente humillados por su misma debilidad o tal vez aquejados de una especie de insuficiencia del espíritu, rechazan instintivamente toda vida demasiado fuerte, toda idea demasiado superior, todo sentimiento demasiado complejo.


(*) La Rebelión de las masas, ensayo escrito por José Ortega y Gasset en 1927, de contenido sorprendentemente actual y recomendable lectura. Podría decirse, en sentido sólo en parte metafórico, que es una las fuentes lejanas de la Promesa de la Organización Juvenil Española.

Sergio Brandao Cardoso dos Santos

undefinedMadrid, 1951. Ingresé en la Organización Juvenil Española en 1963, en el Hogar Buenavista-Chamartín (después Chamartín), de Madrid. Me siento orgulloso de haber sido jefe de formación de dicho distrito entre 1972 y 1978, además de dirigir el curso de jefes de centuria de Madrid entre 1974 y 1976. Soy licenciado en Geografía e Historia, y traductor-intérprete jurado de profesión. Actualmente (2020) presidente de la Hermandad Doncel


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